Mi parto, mi amor, mi decisión, mis hijos…

Mi parto, mi amor, mi decisión, mis hijos...

Es tema por mi círculo de contactos hablar sobre lo “natural”. Supongo que al dedicar tantos de mis días a compartir sobre el aprendizaje natural, piensas que todo lo demás en mi vida será así.

Mis amados hijos, los 3, nacieron por cesárea. Uy, qué fuerte declaración, así suena hoy día, resulta que mucho se habla de los partos naturales, de las mujeres que lo acompañan de manera amorosa, de los beneficios, de lo maravilloso, de lo natural. Promuevo la tolerancia y lo saben muchos y mi intención con este artículo es sólo hablar sobre lo que apretó a mi corazón el día que leí un artículo de Mariel Bonnefon del sitio “Crianza y energía ” ¿Qué es un parto humanizado? (tienes que leerlo). Ese día fue intenso, observé un amoroso parto en casa y me conmovió hasta los huesos. En definitiva tenía que traer a mi mente aquellos vagos recuerdos de mis 3 partos, los tres fueron programados, los tres fueron rápidos y dolorosos por más de una semana (durante la recuperación); aunque mucho se dice que quienes elegimos una cesárea es por miedo al dolor, poco saben de nuestras razones y la historia que acompaña el nacimiento de nuestros hijos. Lloré por semanas, cada vez que recordaba mis partos venían las lágrimas, incluso me escondía para llorar porque comenzaba a notarse que andaba por los rincones derramando lágrimas, me dolió y mucho, me conmovió y comenzó la tortura del “hubiera” a rondar por mi corazón y mis pensamientos.

Fui mal aconsejada, le creí por completo a mi ginecólogo, pero al final nadie me obligó a nada, fue mi decisión, me responsabilizo por ello; mi cuerpo, mi decisión, en ignorancia o no, opte por tres cesáreas.

Mi primer embarazo a los pocos 20 años de edad, trajo consigo un cambio gigantesco en mi vida. Dejé de lado mi alocada vida universitaria para ser madre y compartir mi vida junto a quien aún acompaña mis días, mi esposo. La primera vez que entré al consultorio lo hice con mi madre. Cabe aclarar que se trataba del mismo que le atendía a ella y quien atendió el parto de mi hermano menor, casi, casi, de la familia el señor. Pues para mi sorpresa, este doctor con mis apenas 5 semanas de embarazo, confirmó que tendría una cesárea. Sinceramente creí por completo en sus palabras, me habló de los cambios “negativos” que sufriría mi cuerpo y de que mi bebé seguro sería enorme y me lastimaría al nacer por parto natural (esto lo aseguraba por el historial de la familia). Pasaron las siguientes consultas, una cada mes y las cosas seguían igual, me hablaba de lo peligroso de los partos naturales y de lo mal que quedaban los órganos de una mujer al tener a su bebé de manera natural, de los casos donde los bebés por falta oxígeno quedaban con algún daño irreparable a nivel neurológico; la lista era grande. Obvio yo estaba muy cómoda con lo que él me decía, al final, era el experto en este tema y ¿quién era yo para cuestionarlo y dudar?

Le creí y llegada la semana 38 acordamos la fecha para el nacimiento de mi primer bebé, el 15 de octubre de 2002. Nació grande, en ello no se equivocó, pesó 3.800 Kg. y midió 51 cm. ¡Ese día! Juro que jamás había sentido tanto miedo en mi vida, no sólo por mi y por ser mi primera experiencia en este sentido, sino por mi bebé. Llegué al hospital y las enfermeras comenzaron a pincharme por aquí y por allá. ¡Odio y le tengo un terror a las agujas que no puedo describir! Así que sólo cerré los ojos y dejé que hicieran su trabajo. Me pasaron a otro lugar, yo con mi enorme vientre y me piden que me acomode en posición fetal. En ese momento no sabía qué pasaría, sólo me comentaron que no me moviera un centímetro y que contuviera la respiración. Una aguja del tamaño del mundo (así la sentí, aunque jamás la vi) entró por mi espalda a la altura de mi columna y yo sólo contuve la respiración con unas ganas de llorar y temblar del dolor; de pronto un líquido frío me recorrió y poco a poco comencé a sentir como perdía control de mi cuerpo. Me llevaron al quirófano y mi ginecólogo ya estaba listo con todo su equipo de trabajo, me los presenta y me dice que van a comenzar. Él siempre, siempre, siempre fue muy amable conmigo, su trato era cariñoso y su voz calmaba un poco, debo admitirlo, mis partos no fueron en ninguna forma malos recuerdos en este sentido, nadie me maltrató, ni con palabras ni con nada más. Con mis manos atadas a los lados y frente a mi cabeza una tela color celeste que limitaba mi visión, sentí cómo algo cortaba mi vientre, el simple hecho de escribirlo aquí me hace estremecer y siento el dolor que en aquel día la anestesia escondió al menos por esos minutos. Era casi la 1:00 de la tarde y sentía poco, cada vez menos, sólo mi vientre moverse para todos lados. Comenzó un forcejeo, supongo, porque no lo vi, que estaba presionando para que mi bebé abandonara mi vientre. Un llanto, ahogado en líquido, pero fuerte, retumbó por todo el lugar, mis lágrimas salieron una por una, estaba feliz de escuchar esa vocesita y de saber que estaba bien. Mi cuerpo, mi vientre quedó vacío y mis lágrimas también fueron por sentirme sola y con un hueco no sólo en el vientre sino en mi corazón. Casi 40 semanas dentro y de pronto estaba fuera de mi y yo, acostada y atada no podía tocarlo. Quería arrancar las cuerdas que sostenían mis brazos de las muñecas para tocarlo, para levantarme y verlo. Lo limpiaron un poco y lo envolvieron en una sábana blanca, su pediatra lo acercó a mi cara y colocó su pequeña y húmeda manita sobre mi mejilla y mi frente, mis lágrimas no dejaban de salir, mi bebé estaba fuera y podía verlo, olerlo y tocarlo, al menos con mi piel. Dejó de llorar al instante, nos conectamos, fue como regresarlo a mi vientre, en ese pequeño momento era él y era yo y el mundo dejó de girar, todo se detuvo, incluso mi adormecido cuerpo dejo de dolerse para disfrutar. No recuerdo cuánto tiempo lo dejó ahí conmigo, sé que fue poco.

Lo llevaron lejos de mi, yo me esforzaba tanto por mantenerme despierta, quería que lo acercaran a mi de nuevo, pero, sin previo aviso, mis parpados cerraron y yo entré en un sueño profundo. No me quedó más que dormir. Desperté sola, en una camilla, con el sonido de una conversación a lo lejos, seguramente de los enfermeros. Allí estaba yo, así me recuerdo, observando el techo y esperando a que se dieran cuenta de que estaba despierta y me llevaran con mi bebé. No supe cuánto tiempo pasó, pero al cabo de algunos minutos o tal vez una hora, me llevaron a mi habitación y allá me esperaban mis padres, hermanos y mi esposo. Aún medio dormida, saludé a los que pude, pero mi corazón lo único que quería era que trajeran a mi Patricio, tan mío y tan lejos de mí. Lo conocía desde siempre y para ellos fue tan fácil quitarlo de mi lado, pero si yo lo traía dentro, pero si yo le sentí crecer, debería estar conmigo en ese momento y no en brazos de alguien más, soy suya y él es mío y no podía ni quería esperar más. Obviamente estuvo unas horas en incubadora, pero más tarde ese mismo día, por fin lo llevaron y pude sostenerlo en mis brazos, esos que ataron para que no me moviera, al fin pude abrazarlo y tocarlo con mis manos; por fin pude verlo y sentirlo cerca. Intenté amamantarlo, pero mi leche aún no llegaba, no estaba lista, supongo o supuse ese día. Me sentí tan mal de no poder alimentarlo y de tener que permitir que le dieran fórmula para bebé. Pasaron 3 días y pude regresar a mi casa, con mi bebé en mis brazos, feliz por tener la oportunidad de cuidarlo, de ser su madre y aprender tantas cosas a su lado. La lactancia fue otro cuento, logré alimentarlo 6 meses, aún y cuando todo estaba en mi contra, aún cuando su pediatra y los “consejeros expertos” (la familia) me decían que no tenía sentido, lo alimenté hasta que sentí que mi leche ya no era suficiente para él, el día que comenzó a comer papillas de fruta me despedí de la lactancia y creí hacer lo correcto. Cabe mencionar que desde que cumplió 4 meses me dijeron que ya no debía amamantarle, que mi leche ya no servía, que era sólo agua. Hoy sé bien que eso no era cierto, pero eso lo acabo de descubrir hace pocos años, cuando ya mis tres hijos habían dejado esa etapa.

Te contaría sobre mi segundo y mi tercer parto, pero sólo puedo dejar aquí lo que este nudo en la garganta me permite y créeme que no hay gran diferencia entre uno y otro, aunque tengo ganas de contarte, no haré este escrito más largo. Además de que mi corazón no resiste una palabra más, no tengo las fuerzas de describir otros dos partos, tan similares a este primero, tan lejanos; sólo provocaría sacarme otras cuantas lágrimas y hoy ya he derramado suficientes por ello.

Sólo me queda perdirles perdón y perdonarme, sólo me queda decirles que los amo y que soy la mamá más afortunada y feliz del mundo. Hubiese querido saber todo esto antes, claro que sí, pero ya no puedo hacer más por ello, sólo soltar este nudo que me mata, dejar que este recuerdo permanezca en mi vida como los tres momentos más hermosos de ella, el 15 de octubre del 2002, el 12 de mayo del 2005 y el 24 de noviembre del 2008, los días en que conocí los hermosos rostros de los tres amores de mi vida; esos tres pedazos de universo que acompañan mis días, esos tres pares de ojos que me miran como si fuera la mejor, esos tres que me envuelven en sus abrazos y me hacen recordar la calidez del amor.

Hijo de mi vida, hijas de mi vida, mis 3 amores. Hoy después de algún tiempo les pido perdón. Perdón porque no pude rescatarlos de mi ignorancia, perdón porque me conformé con la opinión de un médico y no investigué más. Lo siento, en el alma lo siento, siento mucho no haberme y haberles permitido nacer el día que ustedes quisieran, me duele mucho haber “adelantado”, tal vez, su nacimiento. Perdón por no haberme creído capaz de traerles a este mundo de manera natural, sinceramente creí lo que escuche sin cuestionarlo y no quería arriesgarlos a nacer con dificultades. Jamás crean que fue porque no los amo, simplemente fue una decisión que tomé en ese momento y me responsabilizo por ello, creí que era lo mejor para todos.Yo les amo y fui feliz de haberles sentido en mi vientre, nuestra historia no se resume a unos cuantos minutos de parto, nuestro amor no se define por ello, yo les amo desde la primer explosión del universo y mi amor no lo define la forma en que llegaron a este mundo, porque, mis amores, ustedes sólo salieron de mi vientre, pero en este mundo ya estaban; de mi mundo, de mi vida y de mi corazón ya eran parte, desde el día en que comprobé que comenzaban a crecer dentro de mí, desde el primer día que sentí sus movimientos, mucho antes de saber qué día nacerían, mucho antes de verles por primera vez y escuchar latir sus corazones en la ecografía. Mamá los ama desde que existe.

Me perdono, por no saber más en aquel momento, por creer sin dudar y por confiar en un tercero más que en mi propio instinto. Lo natural es lo mío pero tal vez no en todos los aspectos, definitivamente siento que me perdí de algo, pero quedó en el pasado y allá lo dejo, necesito seguir adelante sin preguntarme ¿qué se sentirá tener a un bebé por parto natural? o ¿qué hubiese sido de nosotros de haber pasado por ello? necesito continuar con mi vida sin voltear atrás porque duele, duele mucho. Me perdono y me amo, tal como mi historia se dio, amo mis tres partos, tanto como amo a mis tres hijos.

Mi parto fue tan mío en muchos aspectos, artificial, cesárea, como lo quieras llamar pero al final fue mi decisión, tan respetable como la de cualquiera. Equivocada o no, así sucedió y hoy siento la enorme necesidad de cerrar esto y terminar con mi dolor; caminar con el “hubiera” me detiene y no quiero que continúe así, necesito callar esa voz interna porque me tortura.

No me comparo ni quiero que lo hagas, no sufro más y permito a mi pasado fluir y dejar mi esencia pues ya ha hecho con ella lo que debía hacer. Aprendido está.

Gracias por no criticar a las madres que por determinada situación elegimos una u otra opción, todas somos madres, todas tuvimos partos, algunas no tuvieron la mejor experiencia, otras contarán lo bello de su momento, pero todas, absolutamente todas compartimos la felicidad de cargar en nuestros vientres y sentir crecer a nuestros hijos en ellos; todas tenemos cicatrices de ello, algunas físicas y otras emocionales. todas compartimos ese recuerdo, todas somos madres.

Tratarnos con respeto y hablar sin juzgar será importante, somos mujeres, hijas, nietas, madres, hermanas, amigas, compañeras y confidentes. Que nuestras interacciones sean armónicas, que nuestras conversaciones sean enriquecedoras, que el amor que tenemos hacia nuestras familias nos una y no nos divida o catalogue por el simple hecho de cómo nacieron nuestros hijos, de cuántos meses o años amamantaste, de cuántos kilos subiste en el embarazo, de cuántos hijos decides tener, de cómo decides cuidarte, de todas esas cosas que nos hacen únicas e irrepetibles, tal cual nuestras madres lo fueron.

Mi reflexión de hoy no es sólo para mí y para compartirla contigo, es un sanar con palabras y dejar en el pasado el dolor de sentir que algo me faltó vivir. Y si de paso, esto que he escrito toca tu corazón o te recuerda alguno de tus partos ¡qué maravilla!

Con amor,

Zayda Cadengo

 

6 thoughts on “Mi parto, mi amor, mi decisión, mis hijos…

  1. Maravilloso Zayda, me has tocado el corazón, gracias por citarme!
    Creo que, quien más, quien menos, todas las mamis cargamos con espinitas en el corazón. “Si hubiera sabido esto…” “Si hubiera podido aquello…”.
    Nadie mejor que tú sabes lo que sientes ahora al mirar hacia atrás. Y NADIE tiene derecho a juzgarte por tu camino. Abraza tus heridas y vive en el amor, como hasta ahora.
    Un abrazo
    Mariel

    • Gracias a ti Mariel! Que de no haberte encontrado jamás hubiese comenzado el camino a esta reflexión que me ha dejado el alma tranquila. Un abrazo desde mi corazón.

  2. Zayda, que linda historia vivencial, creo que has dado en un punto clave, pues yo también soy 2 veces cesareada y sin duda la 3era también lo será ( estoy embarazada de 5 meses) y ya mi gineco me dijo no hay vuelta atrás, mi última cesárea, mi ultimo bb así que lo estoy disfrutando al maximo.

  3. Mi linda Zayda, comparto tu sentir. Tuve dos partos por cesárea de la misma manera que tú. Yo deseaba que fueran naturales; de hecho, luché por que mi segundo parto fuera de manera natural, me decían que estaba loca, que lo mejor era la cesárea, pero no hice caso.
    Mi segunda hija nació el día que ella decidió y estuve en labor de parto por más de 10 horas, pero los médicos (el ginecólogo y el pediatra) me empezaron a meter miedos diciéndome que mi hija ya estaba presentando sufrimiento fetal, que era necesaria la cesárea si no iba a tener un problema neurológico.
    Me he identificado mucho con tus palabras y no he podido evitar que mis lágrimas rueden por mis mejillas.
    Mil gracias por compartir con nosotros esta experiencia!
    Te mando un gran abrazo!
    Con cariño,
    Elke

    • Wow, que increíble forma de describir lo que muchas mujeres pasamos, y como dices aunque hoy muchas tendemos por lo natural en ese momento no lo sabíamos pero no por eso amamos menos, somos mujeres también llenas de luz y amor

  4. Hermoso Zayda desde el corazón como todo lo tuyo, lloré contigo… Gracias por compartir… Excelente madre llena de amor!!!!

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