Orgullosamente madre Unschooler, ¿cómo llegué a este punto?

Me declaro total y completamente  reflexiva, me encanta estar conmigo misma y escuchar mis pensamientos por algunos minutos. Debo decir que tengo la capacidad de alejarme del momento y viajar durante algunos segundos o incluso minutos a lugares donde hace algunos años jamás hubiera llegado. He aprendido a estar en calma y a  pasar un tiempo a solas conmigo, ha resultado una verdadera delicia y he conocido mucho más de mi persona, que en todos mis años.

Y ha sido en medio de estos momentos donde me encontré hace unos días observando mi vida y la de mi familia. No pude evitar recordar lo mucho que he pasado y todo lo que he aprendido sobre nosotros, sobre nuestros hijos,sobre nuestra manera de ver la vida, sobre mí. Y la siguiente pregunta vino a mi mente: ¿cómo llegué hasta este punto? ¿qué me trajo hasta aquí? Te contaré algunas de las experiencias que me llevaron a tomar esta decisión, algunas muy personales pero espero puedas comprender que si lo escribo aquí es por mi compromiso con los niños, por mi deseo de abrir los ojos de quienes me rodean respecto a la educación dentro de las escuelas.

Mis respuestas de inmediato aparecieron como fotografías, una tras otra, pasaron frente a mí todos aquellos años atrás. Vi de todo, desde ex compañeras de trabajo, colegios en los que trabajé, malas personas dirigiendo un espectáculo bien montado dentro de las escuelas donde trabajé, buenas amigas que me ha dejado mi experiencia como ex docente y muchas caritas tristes y solitarias, esas caritas de mis ex alumnos, de muchos de ellos, abandonados por sus padres día tras día;  iban al colegio y salían de él para ir a sus extracurriculares, regresaban a casa de noche cansados y con ganas de ver a sus padres, los cuales, pocas veces les ponían atención. Y esto último, no lo he inventado yo, fue parte de mi vida como docente, fueron las pláticas entre mis alumnos y yo, sus dibujos, los que me lo contaban todo.

También recordé la primera vez que dejé a mi hijo mayor en el maternal a sus pocos año y meses de vida y el cómo era tan fuerte mi convicción de que eso “era lo mejor” para mi pequeño. Jamás había escrito sobre esto pero mi corazón lloraba cada día al dejarlo en manos desconocidas y mis lágrimas salían como ríos mientras conducía de regreso a encontrarme con una casa sola y sin sus ruiditos, sus risitas y sus pequeñas manitas. ¡Cuánto tiempo perdido! De verdad no hay recuerdo más doloroso que ese, pero mi edad, la inexperiencia, el “consejo” de quienes nos rodeaban no me permitió darle a mi pequeño hijo TODO el tiempo que necesitaba junto a su madre. Es algo que jamás recuperaré, son momentos que perdimos juntos, jamás veré esos días de otra forma, serán así en mis recuerdos, solitarias mañanas anhelando dieran las 12 horas para regresar por él y abrazarlo.

En ocasiones, muchas por cierto, estamos completamente convencidos de que lo que hacemos por nuestros hijos es bueno, nuestras intenciones siempre son buenas, al final amamos a nuestros hijos como nadie más y queremos verles felices. Hoy sé lo mucho que estaba equivocada. Y no me dí cuenta de mi equivocación si no hasta que ya mis tres hijos pasaron por esa etapa, no pude rescatar a ninguno de mi ignorancia, sólo me queda este intento por recuperar a cada uno de ellos, de conocerlos como debí desde el principio de sus vidas. Eso intento.

Pasaron los años y comencé a trabajar en mi misma, aprendí/me enseñaron bien que para ser “alguien en la vida”  había que “hacer algo”. La pintura siempre ha sido mi pasión, desde mis 14 años no dejaba de pintar, descubrí que eso era lo que quería hacer por el resto de mi vida a esa tan corta edad. Cuando mi primer hijo nació y yo “tenía tiempo libre” mientras él asistía al maternal, un día por semana iba a clases con un maestro que me dejó tantas enseñanzas, tanto fue lo que puso frente a mí que hoy sólo me queda decirle “gracias por cambiar mi vida”, de esos pocos bueno maestros que durante tu vida encuentras en el camino. Supo bien cómo sacar de mí lo que tanto ansiaba pintar, me mostró algo que nadie más, conocí la belleza del trazo infantil, irónicamente en pinturas de algunos adultos, esos trazos no venía de las manos de ningún niño. Él, mi maestro, me presentó a COBRA, un grupo de pintores de finales de los 40´s que en reclamo a la industrialización y todo lo que en aquellos tiempo sucedía en nuestro mundo, comenzaron a pintar “como niños”. Quedé fascinada con ello y decidí que así comenzaría mi primera serie, eso además de lindo sería muy fácil de hacer (eso pensaba); jamás estuve más equivocada. Trazo tras trazo simplemente no conseguía darle la forma que deseaba a mis dibujos, no parecían hechos por un niño, mi mente adulta ya no podía recordar nada de aquella libertad. Fue aquí cuando mi amor por la pedagogía y la educación despertó. Busqué algunos libros sobre trazo infantil, sobre educación, sobre el cómo los niños aprenden, de dónde es que consiguen hacer  sus dibujos y el porqué nosotros, los adultos, hemos perdido la capacidad de hacerlo. Investigue mucho tiempo y no logré dar en el blanco, así que decidí vivirlo. Abrí una clase de pintura para niños (mis verdaderos maestros de pedagogía), yo les enseñaría a expresarse y ellos me mostrarían el cómo y de dónde vienen sus ideas. Así al fin, al comprenderlos, comenzaría mi tan anhelada serie. Mis investigaciones tuvieron sus frutos, observé a estos chiquitos hacer sus dibujos y aprendí a valorar sus trazos, tan libres y tan limpios, tan suyos y sin contaminación del mundo que lo rodea, tomando sólo lo que para ellos era importante; eran ellos y sus dibujos, eran ellos y sus colores y no importaba si tenían “sentido” para alguien más, ellos comprendían lo que pasaba en esas escenas que plasmaban aún que yo no lo hiciera. Les pedía que me explicaran sus dibujos y sus elecciones de color y cada día quedaba boquiabierta con sus explicaciones, tan naturales, tan sinceras, tan simples y tan complejas a la vez.  Allí comencé.

Unos meses después me invitaron a formar parte del cuerpo docente de un pequeño colegio donde sólo tenía maternal y preescolar. Yo abriría allí un taller de arte donde mi función sería esa, llevar el arte a cada uno de los niños y mostrarles el camino hacia la expresión plástica a tan temprana edad.  De nuevo entré a un mundo por completo desconocido para mí, jamás había trabajado con tantos niños. Tenía tan sólo algunos conocimientos sobre educación y mi miedo era enorme. No me quedaba más que continuar mi trabajo de investigación, conocer todo al respecto y abrirme camino hacia algo que jamás pensé amaría tanto. Leí y más leí, busqué la manera de comprender lo que vivía día tras días al lado de esos pequeñitos, tenía que dar lo mejor de mí, era mi responsabilidad entregarles mis días y mostrarles un poco de lo mucho que amo el arte, mi entusiasmo era gigante, no perdía ni un segundo con ellos, siempre estaba mostrándoles reproducciones de pinturas famosas y no tan famosas, acompañándoles a mezclar colores y descubrir algunos nuevos. Eran mi vida y compartí con ellos mis primeros años como maestra y tallerista, me enseñaron a comprender a mis hijos, que en aquel entonces el mayor ya tenía 4 años y ya nos acompañaba mi pequeñita de 2 años. Todo iba bien, hasta que me dí cuenta de que mucho de lo que la directora ofrecía a los padres NO EXISTÍA en esa escuela, todo era un muy bien armado teatro y los padres, como no veían lo que sucedía durante la mañana, lo creían ciegamente. Me cansé de formar parte de esta mentira y dejé mi trabajo al finalizar el segundo ciclo escolar allí.

Después de algún tiempo comencé a trabajar en otro Colegio, aún con miedo por la primera impresión, pero acepté y me llevé a mis hijos para allá. Este otro Colegio decía ser socio-constructivista y todo sonaba perfecto; debo confesar que me convencieron, se las creí por algún tiempo. Te cuento que en apariencia y a ojos de muchos, incluso los padres familia, esos niños eran “libres”. Realmente, como padre y como docente, creías esto sin cuestionar. Los niños aprendían por proyectos y según, eso les permitía, en medio de sus “investigaciones”, aprender sobre todas las demás materias. Es decir, elegían un tema, supuestamente decidido por la mayoría, donde, en un grupo de 25 a 27 niños, la realidad era que ese tema, era “idea” sólo de unos pocos; el resto se tenía que ajustar a ello. De verdad que la intención era buena y los padres veían a sus hijos entusiasmados en ello, pero, aquí viene lo incoherente; los niños, según, decidían todo lo que sucedía dentro del aula, todo giraba alrededor de ellos y sus decisiones respecto al supuesto proyecto. Nada más alejado de la verdad, los niños eran TODO el tiempo dirigidos por las maestras (sin malas intenciones, quiero pensar) el problema es que al final esta escuela como todas las otras tenían que rendir cuentas, es decir, era controlada por el sistema educativo. Eso es normal, así trabajan todas la escuelas, eso es parte de las regulaciones del sistema. El problema es que lo que “vendrían” era otra cosa y al final lo que hacían era total y absolutamente una mentira. No era real. Había siempre uno o dos niños líderes, ellos lo decidían todo y los demás sólo eran influenciados por esos pocos y no les quedaba más que aceptar lo que la mayoría decidiera. Cuando era momento para votar (proceso por medio del cual todo se decide en esta escuela), podías ver sus caritas volteando a sus compañeros, levantando sus manitas e intentando decidir por lo que la mayoría eligiera, sin pensar en lo que a ellos en realidad les interesaba. Cosa más absurda no he vivido. Las maestras, muchas muy buenas y comprometidas con su trabajo, eso no lo niego, sabían bien como hacerlo desde hace años atrás, ya era un formulita bien aprendida que sabían bien seguir para que todo el teatro al final del ciclo escolar pareciera planeado y hecho por los niños. La verdad era otra, todo era manipulado por ellas (maestras), por coordinadoras y directora, los niños estaban en segundo plano; nada era cien por ciento idea de los niños, nada era cien por ciento hecho por los niños. Pero sabían bien hacer su trabajo y dirigir a los niños a un “producto final” que los mismos niños decían era suyo, los habían convencido durante sus 200 días de ciclo escolar de ello y al final su discurso memorizado era presentado frente a sus padres y cerraban toda esta escena con un aplauso, tantas y tantas mentiras.

Y ¿dónde estaba yo en todo esto? debo decir que allí en medio, pero también debo decir que mi queja era siempre la misma, NO estaban respetando a los niños, a sus procesos naturales de aprendizaje, a sus ideas, a su manera infantil de querer hacer las cosas y mis quejas llegaron a fastidiar a la coordinadora, tanto que terminaron mi contrato al final de dos ciclos escolares. Supongo que fue incomodo tenerme como “empleada”; siempre decía lo que pensaba porque en mí no existía el hacer lo que me dijeran sin antes expresar mi desacuerdo;  fui incomoda porque no lo hacía sin antes decir lo que mi corazón me dictaba y de verdad que lloraba por tantas injusticias. Mi pasión era tanta que no tardé en sentirme el bicho extraño en esa escuela, no comprendía como maestras con tantos años no podían verlo o lo veían y no hacían nada, ¿cómo era posible que continuaran haciendo lo que la coordinación y dirección del colegio les decía, sabiendo bien que no era correcto?

Agradecí salir de ese lugar puesto que mis hijos me acompañaban y bien sabía que ellos también estaban viviendo esa misma mentira. Llegué a pensar que “no existía colegio/escuela perfecta”, que debía conformarme con lo que tenían mis hijos a su alcance y ni hablar. ¡Qué pensamiento más injusto! ¿Porqué mis hijos debían conformarse con eso?, con tan poco, con nada.

Terminó allí mi contrato y después de mucha insistencia acepté otro trabajo, la tercera es la vencida, me decía a mi misma. Esta vez en un colegio constructivista muy grande. Allí trabajaría feliz, pensaba yo, pues me habían prometido que haría con mi puesto lo que quisiera. Y así fue, modifiqué el programa tan obsoleto y viejo que tenía para la clase de “arte” y  trabajé tranquila por unos meses, me trataron siempre maravillosamente, ni una queja al respecto. Pero de nuevo lo mismo, los niños jamás han sido prioridad en esa ni en ninguna de las escuelas en las que trabajé y conocí. Ya era demasiado para mí y para mis hijos, a pesar de las altas expectativas que tenía, la verdad era otra. Me sentía sola. A nadie allí le importaban los niños, nadie tenía el corazón bien puesto para trabajar con ellos más allá del “enseñarles” algún tema, era un ambiente frío y se notaba en sus muros, tan pulcros y nuevos, tan vacíos. Había también buenas maestras, pero eran muy pocas y no tenían tiempo de hacer su trabajo maravillosamente, las llenaban de tantos y tantos formatos que llenar que cuando tenían que estar frente al grupo ya estaban fastidiadas.

Entendí que ya era suficiente, que no podía permitir que mis hijos continuaran viviendo esto, que era cierto que jamás encontraría escuela perfecta, no existía esa posibilidad. Me sentí sola en ese  momento, sentí como mis ideales se iban al suelo, sentí que estaba abandonando a mis hijos; aún y cuando estábamos dentro del mismo edificio yo no estaba con ellos, era su maestra por 50 minutos y esos minutos, cuando iban a mi salón de arte eran hermosos. Amaba lo que hacía, pero amaba más a  mis hijos y de verdad sentía que los estaba haciendo a un lado. Ellos son mi única y más bella responsabilidad y aunque de verdad me había preparado para dar todo por mis alumnos, aún cuando mi corazón no lograba mantenerse al margen y siempre intentaba ayudarles, aún cuando me preparé por meses para comprender cómo el arte podría ser un vehículo para trabajar con sus emociones, debía y lo sabía, dejar a mis alumnos y ver por la tres personitas más importantes de mi vida, mis hijos.

Mis hijos no estaban bien ya, a mi nena tenía una maestra de esas que abundan, de  esas personas que entran al aula con todas sus frustraciones de casa y las descargan con los alumnos; el autoestima de mi pequeña se había visto afectada a causa de esta pésima maestra. No me lo contó mi hija, ella no decía nada al respecto, yo lo veía y lo sufría junto a mis también alumnos/compañeros de mi hija, sus gritos, sus malos tratos, su frialdad. ¡Suficiente!

Así es que investigue sobre Homeschooling/Unschooling  y decidimos mi esposo y yo terminar con este martirio. Salimos, no sólo ellos, si no también yo de ese Colegio y decidimos como familia que sería el último que pisaríamos. La mejor decisión de nuestra vida, como padres y compañeros de aventuras de nuestros hijos.

¿Porqué soy Orgullosamente Madre Unschooler?

picnic

Porque considero que fui valiente. Tuve el valor de sacar a mis hijos de esa vida alejada de sus padres, tuve el valor de decidir por este estilo de vida a pesar del “qué dirán” y de la crítica de nuestra familia y conocidos. Tuve el valor de rescatar a mis hijos muy a tiempo. Es un orgullo decirlo, somos Unschoolers, somos diferentes, somos únicos y nadie, nunca más nos dirá cómo criar a nuestros hijos, no permitiremos que nadie moldee su carácter y personalidad para el bien de otros pocos y jamás pensando en su bienestar. Amamos nuestra vida, nos conocemos, estamos juntos aprendiendo de la vida. Nos damos permiso de aburrirnos, de pasar horas frente a una pantalla viendo películas en familia. Nos amamos más que nunca, crecemos juntos y nos rodeamos sólo de aquellas personas que enriquecen nuestros días. Somos Unschoolers y no existen los fines de semana, las vacaciones, los exámenes, las calificaciones, las desmañanadas para ir al Cole, los horarios estrictos, los días programados, las tareas, las planeaciones forzadas, los currículos innecesarios. Somos nosotros y nuestro mundo, eso basta.

Si aún lo estás pensando, si aún no te decides por este estilo de vida, te dejo esto para reflexionar un poco: “Cada día que pasa es irrecuperable, ¿cómo quieres que sea mañana para tus hijos, para tu familia?”

Un abrazo y como siempre, gracias por leerme.

Recuerda que puedes escribirme: zaydac@unschoolingaprendoenlibertad.com

 

El Unschooling es para todos los niños, ¿será también para todos los padres?

unschooling para todos los niños

Tengo sólo 5 minutos al día en los que no necesito pensar en nada, me permito sentarme y sólo dejar pasar el tiempo. Me detengo y funciona no pensar en nada por los primeros 20 segundos, aún trabajo en ello, ya que al cabo del primer minuto ya estoy escribiendo en mi mente lo que encuentras en mis artículos. Y de allí, de esos momentos donde “no hago nada” ha nacido la siguiente reflexión, algo con lo que me encuentro todos los días.

He leído tantas veces en conversaciones en las redes sociales, en comentarios e incluso en artículos que el Unschooling es una “forma de educar en casa”. A mi parecer, no lo es. La idea del homeschooling donde se tiene un horario, un currículo que seguir, incluso una escuela virtual, eso si suena más convincente al hablar de “educación en casa” y es respetable, siempre he creído que cada familia elige lo que mejor le viene, lo que mejor se ajusta a su forma de ver y vivir sus días. No creo incluso en esa palabra que ronda la red donde se refieren a una versión híbrida (un Unschooling mezclado con un Homeschooling) de educación en casa “el flexischooling”, incluso yo he caído en la pronunciación y escritura de la misma. Pero, bien pensado el asunto, creo que no tiene sentido, ¿cómo es que existe tal cosa?, ¿cómo se puede ser homeschooler y unschooler a la vez? o será que es ¿un día si y otro no?, ¿cómo funcionaría eso?

No lo se, pienso en ello y siento que es tan fácil decir ES o NO ES, ¿porqué tendemos a crear palabras para nombrar algo intermedio? ¿será que nos sentimos más cómodos si estamos en medio? “así nadie me juzga, yo estoy en medio”, cuando en definitiva es IMPOSIBLE que exista, desde mi perspectiva y pedagogicamente hablando.

Ahora bien, sobre Unschooling. Me encuentro con esto: somos una familia Unschooler pero de vez en cuando hago a mis hijos llenar libros de ejercicios que no pidieron, pero que yo considero son necesarios para su futuro; o los dejo hacer lo que quieren hasta que me parece que ya fue suficiente de “juego” ¡qué se pongan a trabajar!; o les invito y aliento a seguir sus intereses pero yo les digo cómo deben investigar, qué deben escribir, cómo deben hacerlo ¡ellos no saben cómo, me necesitan!; o les leo libros que para mí son geniales y todo niño debería amar y necesita leer durante su infancia “yo los amé, a mi me sirvieron mucho ¿porqué a mis hijos no?”; o les dejo perseguir sus sueños e indagar sobre lo que les interesa un rato, terminando eso que ingresen a su escuela online y cumplan con lo requerido allá; entre otras tantas que no dejo de escuchar. Se vale proponer más no imponer. Lo que me ha llevado es pensar: “¿será que el Unschooling ES PARA TODOS LOS NIÑOS, pero no para todos los padres?”.

Los adultos, sus padres, nosotros somos los inseguros, los miedosos, los no creativos, los faltos de imaginación, los desconfiados (sin generalizar, pero…¡vaya que así somos muchos!) Somos nosotros los que permitimos que el aprendizaje fluya naturalmente o lo frenamos por completo. Los padres somos los responsables del cómo viven su día a día nuestros hijos, somos nosotros los que determinamos con nuestras acciones y nuestra vida “el cómo” viven sus días, ellos son nuestro reflejo y si en algo “fallan” es fallo nuestro, si algo no comprenden es porque nosotros hemos provocado esa incomprensión; se sienten inseguros, nosotros provocamos esa inseguridad; no saben qué o cómo hacer o resolver algo, somos nosotros quienes fomentamos esa falta de creatividad; sienten desgano al pensar en investigar, esa falta de ganas de investigar también es provocada por nosotros; no tienen ganas de aprender sobre algo nuevo, esas escasas ganas de encontrarse con nuevos aprendizajes, ¿adivina de dónde provienen?…y la lista sigue.

¿Porqué afirmo que el Unschooling es para todos los niños?

El Unschooling es para todos los niños porque TODO niño nace libre y curioso, autodidacta por naturaleza, dispuesto a aprender por iniciativa propia, sediento de nuevos conocimientos; así nacimos todos, pero el sistema educativo se encargó de hacernos creer que aprender es aburrido y que no tiene sentido. No conozco niño alguno que no tenga ganas de aprender sobre algo o que nada le provoque curiosidad o le interese. Puede haber niños que se sientan perdidos, pero eso no es culpa del niño, siempre lo digo, ¿qué está sucediendo en esos momentos en los cuales no parece estar interesado en algo? ¿y si lo que necesita es un mejor acompañamiento?

Ahora bien, ¿qué necesita un niño(a) para vivir el Unschooling y disfrutar de su aprendizaje libre y autónomo?

Por su parte, básicamente nada, SÓLO SER ELLA/ÉL MISMO. Por otro lado, necesita padres que confíen en él o ella, que estén tranquilos y relajados, que se comprometan a documentarse sobre el cómo es que su hijo(a) aprende, que se comprometan a seguir y acompañarles no a imponer ni a obligar a “trabajar” ; padres libres, libres para aprender en conjunto con sus hijos, libres de esas cosas de las que se han contaminado durante su vida escolar; dispuestos a comprender el aprendizaje desde otra perspectiva, comprender que la verdad es que nuestros hijos aprenden de TODO en TODO MOMENTO, sin necesidad de nosotros sugerir tal o cual actividad, material, materias a cursar, libros que leer, etc. Hemos aprendido que así es como hay que “enseñarle” a los niños, nos enseñaron durante todos nuestros años escolares que si no tienes una maestra al frente y unos libros que llenar, un programa estricto que seguir y unas materias que cursar, no estás aprendiendo; tenemos muy bien aprendido que jugar es “perder el tiempo” y que sólo basta con los 20 o 30 minutos de recreo para ello y que para nada se aprende durante esos tiempos de juego; que la única manera en que se aprende es como supuestamente “aprendimos” nosotros. Y perdón por todos los “aprender” pero era necesario.

Te pregunto, ¿si hoy tuvieras que resolver uno de esos exámenes de los primeros años escolares, (elige el grado y materia que tú quieras) lo aprobarías? ¿De verdad recuerdas lo que te “enseñaron”? Entonces, ¿porqué creer que nuestros niños hoy necesitan de esas mismas metodologías? ¿Porqué entonces recrear la escuela en casa? ¿Porqué repetir lo mismo que sabemos bien, no ha funcionado? Sabemos, quienes hemos optado salir del sistema educativo, que las escuelas no aportan lo que un individuo requiere, que el sistema es obsoleto, que no es eso lo que deseamos para nuestros hijos, para su futuro.

Es hora de abrir los ojos ¡nuestros hijos nos necesitan! y nos necesitan para ser sus compañeros de aventuras, sus proveedores de experiencias de aprendizaje, de materiales significativos de acuerdo a sus características individuales, edades e intereses. Nos necesitan atentos, nos necesitan observadores, incluso nos necesitan documentando sus procesos de aprendizaje, llevando un record del cómo es que llegaron a tal o cual aprendizaje, de lo que a ellos les interesa, de esas preguntas que surgen de pronto y de la nada y a las que habría que darle seguimiento por la valiosa aportación en su desarrollo.

¿Quieres ser un padre Unschooler? ¡Sí puedes! No tardes mucho porque HOY es cuando, porque cada día que pasa es irrecuperable. Es cuestión de decisión, como siempre digo, es personal y sí, es necesario trabajar en ti mismo para lograr este cambio de pensamiento, es necesario cambiar tú y comprender el Unschooling desde tu propia vida para lograr transmitirlo a tus hijos. ¿Cómo empezar? Sé un unschooler tú también, investiga sobre lo que te interesa ¿habrá algo sobre lo cual quisieras saber más y no lo has hecho? Sé, autodidacta, busca algo nuevo para conocer y comparte tus aprendizajes y el cómo los obtuviste con tus hijos. No se te ocurre nada por ahora, investiga sobre los intereses que manifiesta tu hijo y compartan un momento conversando y mostrando lo que encuentren cada uno por su parte. Promueve desde tu propia vida, con tu ejemplo, lo que quieres desarrollar en la vida de tu hijo(a).

Entonces, para cerrar, te dejo algo para reflexionar: “El Unschooling es para todos los niños, ¿será también para todos los padres?”
Y al final, esa será decisión tuya y de nadie más, vivir este estilo de vida radical, es compromiso TOTAL y requiere mucho, pero mucho, RESPETO hacia tus hijos, hacia sus procesos naturales de aprendizaje, hacia su ritmo y cada una de esas características que le han único.

Como siempre, gracias por leerme.

Zayda C

“Criando ciudadanos incómodos”

Ayer justo tenía esta idea en la mente y no sabía siquiera si compartirla con mi esposo. Nueve de la mañana de ayer y desperté como todos los días, llena de ganas por comenzar el día con un baño matutino que me despierta más que el café que he dejado desde que comenzamos este viaje. Como siempre, abro mi cuenta de correo electrónico, respondo preguntas, continuo escribiendo mi libro, que ha quedado a medias ya que la tecnología me jugó una mala y borró más de la mitad de lo que ya tenía escrito.

No paré allí, fui al Facebook a leer lo que durante la noche me había perdido y a encontrarme con mis amistades que desde lejos compartimos momentos donde las risas, que normalmente se escucharían por toda la habitación si estuviésemos juntos, se convierten en un silencioso “jajaja” y “:D”. Ni hablar, es lo que hay y por lo menos me permite conectarme con ellos. Y bien, pues voy leyendo y leyendo y leyendo y me encuentro con una noticia, que para nada me ha sorprendido, pero leerla me a volteado una bofetada de “despierta” que me levanta de la silla y sin pensarlo la comparto. Nuestro país se encuentra en un momento donde las autoridades, nuestro gobierno, manifiesta estar en contra de nuestro derecho a expresarnos libremente, el Internet podría ser limitado para aquellas personas que “ellos”  consideren una “amenaza para la seguridad nacional” (México), entre otras cosas, perderíamos la capacidad de escribir y publicar libremente, incluso dentro de las redes sociales.

Volteo a ver a mis hijos, aún duermen tranquilos, la noche anterior vimos películas hasta tarde. Mi mente no deja de pensar en lo que estamos viviendo, en nuestra idea de mantenerlos alejados de toda esa “peste” (llámese sistema, gobierno etc.), en que estamos permitiendo que nuestros hijos aprendan a ser ciudadanos incómodos (para el gobierno) y de verdad, la idea de “estar criando” hijos que no guardarán silencio ante una injusticia, que serán valientes para perseguir sus sueños a pesar de las circunstancias, que abrirán para sí mismos las puertas que les cierren en la cara, que comprenderán que la unión es más fuerte que cualquier gobierno, que tendrán las herramientas para salir adelante y pelearán por conservarlas; debo confesar que sentí miedo. De pronto pude visualizar a mis hijos en ese futuro y temí por ellos, porque sé que no serán el tipo de ciudadano que se conforma con lo que le permiten hacer, que se conforma con tener un trabajo que lo mantiene ocupado todo el tiempo y que cuando llega la paga sólo le queda “ahogar sus penas” gastando todo en trivialidades, en comprar determinadas cosas para sentir que “pertenece” a una sociedad donde “lo que tienes” vale más que “lo que eres”.

Nuestro futuro, el futuro de nuestros hijos es incierto, no sabemos que nos alcanzará, no sabemos nada porque sólo tenemos el “hoy”. Sentí miedo, y mucho, pero cuando en medio de la cena lo comenté con mi esposo, él calmó mis miedos con una sencilla frase, algo así: ” Todos los padres tenemos miedos, la pregunta en realidad es ¿qué queremos para nuestros hijos?

Fue entonces que comprendí que no quiero para mis hijos una vida “cómoda” y llena de cosas inútiles que sólo les servirán para convertirse en un número más de esta ecuación perfecta (me he robado esta frase de alguien a quien admiro mucho), perfecta para nadie más que para los “titiriteros” de esta función de teatro, donde pagas tu boleto, llegas a la butaca y la obra y cada uno de sus personajes te insulta y escupe desde el escenario. No quiero esto y por ello no dejo de trabajar para y por mis hijos, día a día ellos van comprendiendo que cuestionar todo es la base de su seguridad, que sólo puedes alcanzar tus metas y sueños si construyes desde hoy tus herramientas, únicas y diseñadas para ti y por ti. Y que bello pensar así pero que difícil para una madre comprender que “está criando ciudadanos incómodos” y que es posible que en algún momento de sus vidas sean perseguidos, si esto (leyes contra la libre expresión) es cosa de hoy, ¿qué no les espera a ellos? Mi corazón sabe que todos en este mundo tenemos un rol que cumplir, un propósito, que en determinado momento ellos también tomarán las riendas de su futuro y lo moldearán como mejor les parezca, tanto para sí, como para quienes les rodean. Justo hace apenas dos días mi hijo me comentaba que “de grande” pelearía por los derechos de los animales (seguido de una breve platica conmigo sobre la posibilidad de comenzar desde hoy, claro está); este tipo de reflexiones no las he visto más que en niños que son libres de hacer con su tiempo y su pensamiento lo que desean, libres para aprender sobre lo que es valioso para ellos, sin dejar de lado lo valioso de jugar y disfrutar de su infancia.

Ayer fui a dormir más tranquila que de costumbre, estoy segura de que vamos por buen camino, estamos donde debemos estar. Nuestras convicciones nos acompañan en esta travesía, nuestros corazones permanecen intactos, nuestra mente libre y nuestros pasos firmes.

Te dejo esta pregunta: ¿qué futuro quieres para tus hijos?

Gracias por leerme,

Zayda C.